sábado, 6 de octubre de 2018

El Grito del Maldito

Ilustración realizada por el Instituto Noruego de Ciencia y Tecnología

Lo profundo, la misteriosa caja de pandora del planeta que del que todos sabemos pero tememos  realmente conocer. Escondemos los secretos detrás de gruesos telones entintados de mitos y leyendas que, al removerlos, aún con la valentía heroica de antaño, nos espanta la idea de que tras ellos se confirmen nuestros terrores.
En el misterioso abismo cuyo portal se agita, nos grita y amenaza de no alterar lo que la naturaleza alguna vez nos dio como nuestro dominio, ahora, completamente reformado, destruido y reconstruido por milenios, un solitario rastro de luz, ajeno a tierra y cielo, se embarca al testimonio tan profundamente guardado. Unas palabras secretas que sabe, deben ser escuchadas.
Las ráfagas incesantes, el mandato divino que obliga las voces a callar no hacen más que sacudir el rastro luminoso del conocimiento prohibido. La bestia oscura cuyo estomago esconde nada más que maldiciones, mentiras y muerte. Las luces son alienígenas a ese reino donde las leyes no pueden ser leídas en lenguaje humano.
Las aguas aplastan, estrangulan la luz y la vida, una sentencia creada junto con este mundo. Bestias salidas de las pesadillas corrompen la mente humana, los únicos seres que pueden permitirse merodear por las puertas de las infernales aguas son aquellas dignas de ejecutar el castigo eterno. La luz de los mismos cambia lentamente, primero se convierte en deseo, el fruto prohibido que es rápidamente castigado con la cruel realidad.
Luego, desaparecen... las leyes toman la soberanía, la vida se vuelve un bien escaso. El calor aumenta, incluso la vida más elemental muere acercándose al final del aciago viaje. Las sonrientes y voraces dentaduras han dejado ese mundo. Tan solo la nada, la más profunda y verdadera oscuridad. La que los humanos buscan en el cielo desnudo de sus estrellas, de sus almas corruptas, en lo profundo de la tierra. Nada puede compararse con la imperecedera sombra primigenia que domina el final del mundo.
Y entonces... creación...
Las voces hablan, susurran a su invitado en la natural ceguera de su regente.
La piedra, esculpida por manos no humanas, retrata el antiguo edén del que nunca se habló. Los humanos, las plantas, los animales. Seres pétreos que corren, giran alrededor de un centro. La cabellera gris y desgastada de las damas desvestidas, vuelan, imitando lo que nunca sentirán.
Un circulo concéntrico de figuras humanoides, cuales pétalos de flor, escondían el epicentro, el origen de la creación. Con cada paso, la evolución proseguía, la muerte se hacía presente, las formas humanas, dignas, hermosas en el exterior, eran pobladas por heridas, desagradables malformaciones en sus rostros, en sus pechos, en sus inglés, en sus espaldas y manos. Sus ojos pétreos, faltos de vida, casi parecían gritar sufrimiento.
Pasos, metros, nudos, la enorme y miserable flor petrificada, escondida en el negro corazón del abismo aún hablaba de indecibles horrores. Lo que era una danza se convertía en una marcha de pesadilla, en un monstruoso desfile con formas, ya no hermosas, ya no humanas, pero antropomórficas. Horribles a la vista y toxicas a la mente, con cabezas volteadas, miembros fracturados y misteriosas partes desfiguradas en su anatomía. Todos unidos a otros en un muro humanoide que se abría en un arco en el que se postraba un joven de rostro girado que abría sus labios, en un grito eterno e imperecedero, postrado y rompiendo el uniforme circulo de dolor.
¿Qué había tras las puertas?
¿El olvido?
¿El secreto?
¿El tesoro de la creación?
Tan solo angustia, dolor, decepción, traición, odio, desesperación, locura... y nada. Una nada tan profunda y elemental que el corazón de aquel que la experimentara se marchitaría y la esperanza del más fehaciente creyente desaparecería. Algo irracional, natural, algo que siempre estuvo allí. Algo que fue perturbado por la luz. Algo que despertó.
La ira, la locura, todo gritó al unísono con voces individuales que detuvieron el eterno caos de la superficie. La piedra elemental, primigenia, maldita, se abrió como un cascarón liberando a los condenados. El dolor continuaba, el ardor, el ahogo, la ceguera, la tortura inmerecida no se detenía. El círculo se cerraba en un abrazo desesperado, el dolor y la tristeza crecían y ensordecían a los antiguos guardianes mientras el abrazo de los condenados se extendía.
Perdían nuevamente su forma, por muy demacrada que fuese. Por muy destruido que hubiera sido en su castigo eterno, se unía en la gran fortaleza mayor a cualquier cosa creada por dios u hombre. Un solo ser, un camino a la esperanza que ansiaba ver la luz una vez más, sentir el viento sobre su rostro y sonreír amorosamente una vez más como condición para abandonar el mundo en paz tras relatar las palabras prohibidas a una humanidad merecedora de la verdad.
La bestia ciega y falta de piel gritó. El calor solar no hacía más que secar y degenerar su cuerpo, sus ojos no eran capaces de ver al gran astro rey o su hermosa hermana con su sequito. El grito saltó desde lo más profundo del ser diabólico, víctima del inicio, pero el mismo volvió a él. Incapaz de gritar, incapaz de cumplir su más elemental y desdichado deseo, entró en desesperación. La locura y la tortura no habían terminado, nunca terminarían.
En lo profundo, en lo elemental del monstruo su amor se había secado, envenenado por el odio que por eras se acumuló.
¿Quién soy?
¿Qué soy?
Debieron ser las preguntas que acosaban la torturada mente del ser abisal. Incapaz de gritar, su cabeza, sus dos cabezas, sus diez, cien, mil cabezas. Sus incontables cráneos chocaron sus dientes con furia, el agua se volvía blanca, la espuma se tragaba incluso a las más grandes olas. Un solo ser en el mundo no desconoció la misteriosa rabia que en lo profundo se había creado. Más allá de todo lo que alguna vez fue conocido, un emisario enloquecido del pasado desconocido que les había sido prohibido.
El grito se detuvo...
―Tu eres...
Habló una suave voz. Un llamado desconocido y reconfortante. La bestia herida, desesperada, buscó esa voz. Buscará esa voz hasta el fin de los tiempos, hasta que el último de sus huesos se rompa y su última alma desaparezca. Esa voz era su luz.

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