lunes, 3 de diciembre de 2018

Asesinos. Parte 2: Un Trabajo Peligroso




Rindiéndose en su objetivo de comprar comida y cocinar antes de la llegada de la hora prometida, optó por comer en el camino. Sentía como a sus pulmones parecía faltarles oxígeno, pero la razón no era el agotamiento que representaba la larga caminada sino el ambiente desolador que se repetía una y otra vez cada vez que observaba una nueva parte de la calle, comprendiendo por qué muchos solo miraban al suelo.

Mientras sus huellas invisibles marcaban su paso en la deshabitada avenida marcada por el progreso alternativo de la naturaleza del más fuerte, el sol a su vez también avanzaba, abandonando su pasatiempo de tomar el agua de la tierra de regreso al cielo, el cual, en aquel momento, se coloreaba de un surreal color anaranjado.

La oscuridad comenzaba a tomar forma en las sombras. Antes tenues, ahora marcadas como un manto oscuro que representaba cual pintura un mundo en donde todas las formas eran iguales, sin mayor distinción a su propia forma maleable, manipulable por el menor movimiento. Dicha forma fue espantada por una corrupta luz pastel que apestaba ante los ojos. Las palabras escritas con el material brillante no eran un misterio para la invitada, el Death Match Bar, el sitio donde inició todo.

―¡Voy llegando! ―anunció abriendo la puerta principal ante una oscura sala atestada de neón, vacía, con una atmosfera que invitaba a esconderse del mundo que los rodeaba. Era entre metafórico e irónico que estuviese en Santa Destroy, la ciudad de los asesinos. Hecho que no podía permitirse olvidar, especialmente con el marcado tono inglés de la voz que salía del televisor.

―Estoy segura en un 10000% que morirás, pero confía en tu fuerza. ¡Y adéntrate en el jardín de la locura!

La visión de dos hombres de inusuales armas encarados en las vías del metro con una interfaz que permitía observar las apuestas a favor de cada uno. Nada más que carreras de caballos con vidas humanas en juego. En la parte inferior derecha la seductora marca volvió aparecer, la UAA, la Unión de Asesinos Asociados.

―Llegas temprano. ―saludó una voz aguda saliendo tras la puerta de la barra. Sus cabellos rubios y pálidos apenas cubrían la mitad frontal de su cabeza, con el resto marcado por arrugas y marcas de la edad.

― ¿De quién es la culpa? ―respondió la mujer observando con desdén la sangre volar, las heridas mortales brotar y los desquiciados hombres arriesgar sus vidas ¿Para qué?

― ¿Te interesa? ―respondió el hombre sentándose al otro lado de la barra, observando la pantalla.

―Sabes que no… No lo entiendo.

―Llegaste aquí hace tres años. Viviste todo el cambio para llegar a esto.

― ¡Y aun así no lo entiendo! ―quizás dejándose llevar por su viaje se permitió subir la voz ―Perdona

―Está bien. Son un tipo de persona diferente a ti o a mí. Es mejor dejarlos en su mundo. ―a diferencia de esa mañana su voz se mostraba extrañamente comprensiva.

―Pero no es su mundo, es nuestro. No es como que estén en otro país, estamos en la misma ciudad. 
Lo que hagan nos afecta. ―la muchacha se levantó, no fue una sorpresa para nadie, pasando por la puesta trasera y volviendo a los pocos segundos con una camisa muy diferente, con un azul más oscuro y con la banda “Seguridad” en su brazo cual antiguo militar.

Hubo un largo silencio entre ambos. Un vaso cristalino fue llenado con agua y entregado de manos del mayor a la menor, la cual bebió en silencio un par de tragos. Los brazales del favorito cortaban a través de las defensas de su oponente que retrocedía con una katana laser, un arma común entre asesinos, bailando entre los puños del rapero que cantaba ovaciones a Dios mientras mataba por diversión.

―Hoy deberías vigilar afuera. ―finalmente habló el jefe observando a su guardia fijamente.
― ¿Esperas a alguien?

―No, es sólo seguridad… ¿Tú esperas a alguien? ―la respuesta inicial fue un trago más de agua. Una sonrisa cruzó sus labios.

―Sí, una modelo quiere que le enseñe la ciudad al terminar mi turno. ―su sarcasmo no ganaría ningún premio a la sutileza.

― ¿Y qué hay del joven de hace dos semanas?

Otra vez silencio. Esta vez seguido por una mirada hostil por parte de su interlocutora. El sonido del cristal vibrando tras su impacto con la barra hizo que pensase que terminaría hecho pedazos, solo fue un terror pasajero.

―Querías sacar el tema.

―Tengo que hacerlo, es una locura.

― ¿A ti te parece una locura? Mira donde vivimos. ¿Qué es una locura?

―No hablo de Santa Destroy, hablo de ti.

Las tensiones se alzaban. El tono de la voz de ambos participantes aumentaba en cada intercambio y sus miradas se cruzaban, juzgándose el uno a la otra.

―Yo también hablo de mí, no tengo muchas opciones.

―No, eso otra vez no. Siempre dices “No tengo otra opción” para justificar que vas a hacer algo estúpido. ―las mejillas del mayor comenzaban a enrojecer al tiempo que su tono se elevaba.

― ¿No es verdad?

― ¡La última vez casi te mueres! ¿Es tan difícil entender eso? No estarías en este problema si me hubieras hecho caso, no te hubieras dejado llevar o al menos hubieras tenido cuidado. Si quieres suicidarte al menos hazlo en la asociación y muérete como una…

― ¡Archie! ¡¿Quieres dejarme hablar de una puta vez?!
El silencio entre ambos se resumió en un permiso no verbal de explicarse, o tal vez en una oportunidad que el mayor tenía de respirar. Recuperó el vaso que había entregado y bebió el resto del contenido en una bocanada para calmar el calor que salía de sus poros.

―Está bien. La última vez la cagué, es verdad, es mi culpa, pero ahora mismo tengo tres opciones. O tomo este trabajo, intento tomar uno con una de las inversiones de Pizza Bat o huyo de la ciudad. Ya lo pensé. Entre lo que me pagas y lo que me darían solo llegaría a la meta en este tiempo si no lo uso en nada más. Eso es irreal. ―intentando llegar a un acuerdo, su jefe asintió con la cabeza en aprobación, dándole permiso para continuar.

―Ahora, la opción de huir es la más peligrosa. Seguramente patrullen los caminos y se asegurarán de que no salga con vida si no he pagado. Tienen que mantener su negocio y si cualquiera pudiese huir, no estarían abiertos. ―los ánimos entre ambos iban calmándose mientras el razonamiento se iba explicando.

―Entonces solo me queda aceptar el trabajo. Es verdad, es difícil. Por eso he estado vigilando, haciendo y desechando planes desde el día uno. La diferencia entre entonces y ahora es que ahora es porque necesito dinero y antes era por rencor. Lo que pensé es lo más seguro que he logrado conseguir.

―Es un veterano. ¿Es totalmente seguro?

―Nada de lo que pueda hacer es totalmente seguro pero es la mejor oportunidad que tengo.

La súbita pero fraguada discusión terminó por un suspiro por parte del jefe. Llevándose las manos a su sudada frente en una encrucijada en los argumentos, sin dejarle otra opción que ser sincero con lo que estaba pensando.

―Sigo sin estar de acuerdo. Matar no es bueno, nunca lleva a nada bueno.

Sin que la discusión pudiese proseguir, una persona sin duda reminiscente a la figura que alzaba el orgullo de los asesinos entrase y se sentase junto a la guardia, con falsa seguridad robada del disfraz que mostraba con tanto orgullo, pidió una bebida, dando por finalizada la conversación entre ambos.

―No lo sé jefe…

Y sin una palabra más, con ninguna parte conforme, la noche transcurrió sin una palabra o espacio compartido entre los únicos integrantes del desolado bar que únicamente se mantenía en pie por su valor histórico. Por ser el inicio de la leyenda, por ser la promesa de alcanzar la cima para una sociedad individualista que se canibalizaba.

No hubo ninguna despedida cuando salió el sol. Tan solo una sensación de vacío e inmediato remordimiento por ambas partes, como si intentasen detener los engranajes de un reloj pero este aun moviese sus manecillas, algo que era inevitable.

Esa mañana la escena del cuerpo inerte no se repitió, no era una mañana normal. Era la mañana en la que la camisa gris cubría un top y unas correas al rededor del pecho de la morena, que el cinturón que sostenía sus pantalones tenía una misteriosa vaina a su espalda.

De una de las cajas de cartón salió un joyero de madera desfigurada por dos marcas de impacto, la caligrafía que antes la nombraba ahora era ilegible, por muy elegante que aparentase ser. Sarina la abrió lentamente conteniendo la respiración. Los objetos allí contenidos eran un revolver de seis balas, el cual se escondió tras la camisa, bajo su brazo derecho.

El misterioso cuchillo fue el siguiente en escapar de su refugio, un cuchillo de supervivencia con una hoja frontal lisa de 20 centímetros pero con protuberancias metálicas a los lados. Espinas que volvían apuntando a su portador al igual que un par de cuernos en la parte trasera de la hoja, que a su vez también apuntaban al usuario. La mano de la joven se apretó contra las marcas que posicionaban los dedos, sintiendo la resistencia del material que deseaba previo a guardarlo en la vaina.

El ultimo articulo era el más extraño. Una pequeña caja con correas que la fijaban, muy fina y solo dejaba escapar el pequeño gancho al final de un cordel. Alrededor del gancho había una abertura mucho más grande para mantener fijo un objeto. Dicho objeto también fue escondido bajo la camisa, apretado bajo la manga de la joven, tras su mano vestida con un guante, al igual que su gemela.

Por primera vez en el día, con desgano, observó su reflejo, permitiéndose quejarse en un susurro.

―De verdad no lo sé Archie… Espero tener razón.

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