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| Composición por Stephen Schuster |
—Y lo peor es que no
contesta ninguna de las llamadas. —declaró la anciana de platinos cabellos
Sus dos interlocutoras
poco hicieron más que asentir, sus cabezas se movÃan instintivamente, sin rasgo
alguno de control, aceptando la información que confirmaba su animosidad.
—Ya tiene treinta años
¿Y si se buscó un hombre? —intervino una mujer de entintado cabello oscuro
quien pasaba su mano por las naranjas, explorando ese mar.
La presencia de la
nueva opinión desvió las miradas de las espectadoras por un momento del joven
hombre que lucÃa una barba de varios dÃas cuya mirada penetrante nunca habÃan notado ellas anterior a ese momento, con formas peculiares rebuscaba entre las
manzanas.
—¿No era bailarina?
¿SerÃa algún cliente? —intervino finalmente una de las espectadoras
—No podrÃa ser. A los
hombres si no les dejas algo para después nunca quieren más. —negó la primera
La mano esquivó la última
naranja para dirigirse a un mar rojo y dulce con olas verdosas, las fresas se mostraban brillantes y húmedas,
dotadas de vida y sin duda sabor jugoso.
—Déjalo pasar, querida
—afirmó la primera anciana —Vinieron malas, saben a metal
—Ah, gracias.
Una sonrisa agridulce
se formó en el rostro de la entintada. Un tema comprensible ¿Qué hacÃa una
mujer como esa buscando una pareja? ¿No era feliz con su trabajo? De lo
contrario podÃa dejarlo, sin embargo en algunos temas no puedes tener tu tarta
y comértela.
—Disculpen —una voz
masculina tan rasposa como imponente pareció herirlas. Abriéndose paso
lentamente y estirando una mano hasta las fresas.
—Ah, están malas. No le
gustarÃan —repitió la mujer a su lado con cierta angustia.
—Lo sé. Los alimentos
son una cosa muy sensible —enterró la mano en el montÃculo —Si no están bien
cuidados pueden dañarse u obtener mal sabor del ambiente.
De sus cinco dedos que
se aventuraron en el mar rojo seis escaparon, atrapado entre tres de ellos, un
delgado flagelo decorado de ardiente escarlata, con un enfermizo color azulado
en su piel se mostró ante las damas.
—Qué pequeño es… y delgado.
Debieron mencionar que al menos sus manos eran hermosas.




