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| Ilustración por TheArtofSaul |
Este relato es parte de una iniciativa de Roxana
¿Qué tenÃa el neón que odiaba tanto? Desde siempre, en su más tierna infancia la luz pesada y artificial de aquel gas noble siempre habÃa revuelto su estómago. Y, sin embargo, seguÃa apareciendo, se apareaba y se multiplicada. La miraba a los ojos en la oscuridad, los hacÃa brillar de forma antinatural y la ahogaba en esa desagradable sensación.
Cerró sus ojos
respirando agitadamente el embriagador aroma metálico del agua celestial que
exploraba su cuerpo, que corrÃa por sus cabellos y le recordaba la parte de
sensación que sus tumores metálicos le producÃan, nada más que un escalofrÃo
antinatural que alimentaba una furia muy humana, quizás lo único que le
quedaba.
Sus ojos volaron hacia una pantalla brillante, colorida y con figuras en movimiento. Lo odiaba, o no, no lo odiaba porque lo odiaba todo. Su estomago reclamó vaciarse de la bilis que parecÃa contener.
Su respiración se aceleraba por momentos permitiéndose ahogarse en el sentimiento, acelerada en su inspiración se permitÃa saborear el agua divina que en aquella noche ayudaba a ocultar sus verdaderos pensamientos. Entonces lo escuchó, un sonido en medio de la tempestad que pareció detener el tiempo ¿Un sollozo?
No pudo soportarlo más, su mano negra, deforme con las corruptas maquinas se estrelló contra el cristal. ¿Qué era lo que se sentÃa tan satisfactorio? Volvió a hacerlo, otra vez, no se detuvo, los pedazos de arena templada se estrellaron en su rostro hinchado, en su cabello desgastado, en su ropa empapada y en la anatomÃa que despreciaba.
—PodrÃan arrestarte por eso —la voz que tanto odiaba escuchar, de la que estaba cansada le habló en el tono monótono de sus pesadillas
Dejó de sentir el golpe de las gotas, el cual fue reemplazado por el sonido del impacto en el panel de plástico. Su diestra se apoyó en el hoyo negro que ahora se encontraba en la pantalla, querÃa entrar por él y desaparecer. Sus dedos artificiales atraparon uno de los pedazos, presionándolo como si eso fuera a darle alguna sensación.
—Déjame… —¿Por qué su voz se rompÃa? No podÃa permitirlo
—Me mandaron a buscarte.
—Quiero que me dejes sola… —no querÃa escuchar esa voz, habÃa llegado a odiarla
Sus ojos volaron hacia una pantalla brillante, colorida y con figuras en movimiento. Lo odiaba, o no, no lo odiaba porque lo odiaba todo. Su estomago reclamó vaciarse de la bilis que parecÃa contener.
Su respiración se aceleraba por momentos permitiéndose ahogarse en el sentimiento, acelerada en su inspiración se permitÃa saborear el agua divina que en aquella noche ayudaba a ocultar sus verdaderos pensamientos. Entonces lo escuchó, un sonido en medio de la tempestad que pareció detener el tiempo ¿Un sollozo?
No pudo soportarlo más, su mano negra, deforme con las corruptas maquinas se estrelló contra el cristal. ¿Qué era lo que se sentÃa tan satisfactorio? Volvió a hacerlo, otra vez, no se detuvo, los pedazos de arena templada se estrellaron en su rostro hinchado, en su cabello desgastado, en su ropa empapada y en la anatomÃa que despreciaba.
—PodrÃan arrestarte por eso —la voz que tanto odiaba escuchar, de la que estaba cansada le habló en el tono monótono de sus pesadillas
Dejó de sentir el golpe de las gotas, el cual fue reemplazado por el sonido del impacto en el panel de plástico. Su diestra se apoyó en el hoyo negro que ahora se encontraba en la pantalla, querÃa entrar por él y desaparecer. Sus dedos artificiales atraparon uno de los pedazos, presionándolo como si eso fuera a darle alguna sensación.
—Déjame… —¿Por qué su voz se rompÃa? No podÃa permitirlo
—Me mandaron a buscarte.
—Quiero que me dejes sola… —no querÃa escuchar esa voz, habÃa llegado a odiarla
—Si no volvemos pronto
puede que…
— ¡Cállate! —exclamó sin contenerse. Sus piernas temblaban y ahora podÃa sentir el calor del agua que mojaba sus mejillas.
Tras aquella explosión de su voz tan solo el sonido de la lluvia podÃa escucharse. Se sintió mejor de lo que querÃa admitir, querÃa seguir, querÃa explotar frente a ese objeto, frente al ente que tanto odiaba… pero algo se lo impedÃa. Sin nada más que hacer reposó su cuerpo sobre la acera donde los cristales se plantaban, observando los pantalones oscuros de su interlocutora.
Eso era quizás una de las cosas que más odiaba. Le decÃan que fuera por ella e iba, le gritaba que se callase y no volvÃa a decir otra palabra. Apoyó su frente en sus rodillas intentando calmar su respiración, aferrándose a sus propias piernas, clavando las uñas que aún tenÃa en su piel, con la esperanza de sentir… algo… de mantenerse en el presente.
Sus ojos vacilaron y fueron a parar en el pequeño lago sobre el que caminaban. No deberÃa ver nada además del embriagador y asqueroso reflejo mezclado de la luz a sus espaldas, sin embargo su pecado dio un marco a dos luces potentes para materializarse, para observarla. Era su rostro, el que evitaba ver en el espejo cada mañana, del que se olvidaba cada dÃa y del que solo era recordada en los peores momentos.
Pero pese a ser su rostro ya no le pertenecÃa, que era lo más horrible, debido a que ese reflejo desapareció, era más real que nunca, una pesadilla en la parálisis de sueño que ahora la miraba a los ojos, de cuclillas, con aquellos brillantes ojos artificiales. No era real pero, pese a todo, era lo mejor, mejor que ella.
—¿Cuánto tiempo más planeas seguir? —se negó a observarla ¿Cómo podÃa?
Sin embargo el silencio fue su única respuesta. Un silencio ausente, mecánico, con nada real tras él. El mismo silencio que recibes y te hace cuestionarte si estabas hablando con alguien. PodÃa sentirlo, hablaba con una pantalla, aunque la pantalla pudiese escucharla, no respondÃa, su cuerpo le decÃa que hablaba sola.
—Nosotras sabemos lo que va a pasar… —indicó cerrando sus oscuros ojos
Estaba cansada, querÃa dormir y olvidarse de todo. Estiró su cuerpo hacia atrás buscando apoyarse en algo y dejar descansar su columna metálica. Aparentemente olvidando el panel de brillantes figuras que, cuales estrellas, la iluminaban en ausencia de un cielo nocturno con verdaderas luces.
Sintió una fuerza que se lo impedÃa, que hacÃa que su ropa fuera jalada. Abrió sus ojos para volver a encontrarse con aquellos que evitaban que hiciese contacto con el metal electrificado. La ayudaba ¿Se preocupaba por ella? No, no debÃa ser capaz de sentir. Su mandÃbula se apretó en frustración, herida de una forma tan profunda que ni ella misma podÃa comprenderlo, siendo arrebatada tan siquiera de su orgullo la observó con sus ojos hinchados.
—Ya no les sirvo de nada… —sin poder controlarse más apretó su puño —¡Ya no más!
El mismo se estrelló contra el rostro de su reflejo, una y otra vez. Pero no era como el cristal. No se sentÃa satisfecha. Se rompÃa, desnudaba a la gran falsedad bajo su piel artificial, como el agujero de una máscara barata de noche de brujas. Sus nudillos metálicos rasgaban la piel artificial, haciendo el agujero más y más grande.
— ¡Cállate! —exclamó sin contenerse. Sus piernas temblaban y ahora podÃa sentir el calor del agua que mojaba sus mejillas.
Tras aquella explosión de su voz tan solo el sonido de la lluvia podÃa escucharse. Se sintió mejor de lo que querÃa admitir, querÃa seguir, querÃa explotar frente a ese objeto, frente al ente que tanto odiaba… pero algo se lo impedÃa. Sin nada más que hacer reposó su cuerpo sobre la acera donde los cristales se plantaban, observando los pantalones oscuros de su interlocutora.
Eso era quizás una de las cosas que más odiaba. Le decÃan que fuera por ella e iba, le gritaba que se callase y no volvÃa a decir otra palabra. Apoyó su frente en sus rodillas intentando calmar su respiración, aferrándose a sus propias piernas, clavando las uñas que aún tenÃa en su piel, con la esperanza de sentir… algo… de mantenerse en el presente.
Sus ojos vacilaron y fueron a parar en el pequeño lago sobre el que caminaban. No deberÃa ver nada además del embriagador y asqueroso reflejo mezclado de la luz a sus espaldas, sin embargo su pecado dio un marco a dos luces potentes para materializarse, para observarla. Era su rostro, el que evitaba ver en el espejo cada mañana, del que se olvidaba cada dÃa y del que solo era recordada en los peores momentos.
Pero pese a ser su rostro ya no le pertenecÃa, que era lo más horrible, debido a que ese reflejo desapareció, era más real que nunca, una pesadilla en la parálisis de sueño que ahora la miraba a los ojos, de cuclillas, con aquellos brillantes ojos artificiales. No era real pero, pese a todo, era lo mejor, mejor que ella.
—¿Cuánto tiempo más planeas seguir? —se negó a observarla ¿Cómo podÃa?
Sin embargo el silencio fue su única respuesta. Un silencio ausente, mecánico, con nada real tras él. El mismo silencio que recibes y te hace cuestionarte si estabas hablando con alguien. PodÃa sentirlo, hablaba con una pantalla, aunque la pantalla pudiese escucharla, no respondÃa, su cuerpo le decÃa que hablaba sola.
—Nosotras sabemos lo que va a pasar… —indicó cerrando sus oscuros ojos
Estaba cansada, querÃa dormir y olvidarse de todo. Estiró su cuerpo hacia atrás buscando apoyarse en algo y dejar descansar su columna metálica. Aparentemente olvidando el panel de brillantes figuras que, cuales estrellas, la iluminaban en ausencia de un cielo nocturno con verdaderas luces.
Sintió una fuerza que se lo impedÃa, que hacÃa que su ropa fuera jalada. Abrió sus ojos para volver a encontrarse con aquellos que evitaban que hiciese contacto con el metal electrificado. La ayudaba ¿Se preocupaba por ella? No, no debÃa ser capaz de sentir. Su mandÃbula se apretó en frustración, herida de una forma tan profunda que ni ella misma podÃa comprenderlo, siendo arrebatada tan siquiera de su orgullo la observó con sus ojos hinchados.
—Ya no les sirvo de nada… —sin poder controlarse más apretó su puño —¡Ya no más!
El mismo se estrelló contra el rostro de su reflejo, una y otra vez. Pero no era como el cristal. No se sentÃa satisfecha. Se rompÃa, desnudaba a la gran falsedad bajo su piel artificial, como el agujero de una máscara barata de noche de brujas. Sus nudillos metálicos rasgaban la piel artificial, haciendo el agujero más y más grande.
Pero no habÃa
satisfacción en sus acciones, tampoco gemidos o quejidos, tan solo la resistencia
que podÃa ofrecer una pared sin vida, pero… ¿Por qué aquellos falsos ojos ahora
se sentÃan tan penetrantes? La cabeza de metal se agitaba ante el impacto, si,
pero la mirada se mantenÃa. Comenzaba a ver cosas en ellos, sentir cosas en
aquellos orbes de neón que no debÃan existir.
Agotada, fÃsica y
mentalmente exhausta, emocionalmente devastada, solo se movÃa por instinto. Una
imparable fuerza emocional que chocaba contra aquella obsesión inamovible. Su
cuerpo perdió tracción, control de su posición, sintió su masa caer por la
fuerza de gravedad. Un instante, un mero momento que provocó que su corazón
saltase un latido. Todo se movÃa tan lento, las gotas, su cuerpo rotando hacia el
cielo, de repente notando de nuevo el agua frÃa sobre su rostro.
Las gotas se multiplicaron, atrapando su torso, incluso sus piernas, finalmente notándose expuesta a la lluvia se sintió atrapada entre dos brazos mecánicos. Una trampa se cerró alrededor de sus costillas. Intentó alejarla pero al tomar conciencia de sus manos las notó aferradas a la húmeda vestimenta ajena, con el paraguas como su único testigo. Su oÃdo estaba ten cerca, podÃa susurrar lo que quisiera.
—Solo… soy una inútil… —sollozó hundiendo el rostro en aquel hombro metálico y suave
Las gotas se multiplicaron, atrapando su torso, incluso sus piernas, finalmente notándose expuesta a la lluvia se sintió atrapada entre dos brazos mecánicos. Una trampa se cerró alrededor de sus costillas. Intentó alejarla pero al tomar conciencia de sus manos las notó aferradas a la húmeda vestimenta ajena, con el paraguas como su único testigo. Su oÃdo estaba ten cerca, podÃa susurrar lo que quisiera.
—Solo… soy una inútil… —sollozó hundiendo el rostro en aquel hombro metálico y suave
—No… —fue una respuesta
robótica, si, pero cortante.
Estaba esperando alguna
respuesta lógica y comedida capaz de ser utilizada en un debate, el tipo de
respuesta que la harÃa sentir como una niña inmadura e irracional que no
entendÃa su valor utilitario en el bien colectivo. Pero solo escuchó más agua
caer, eso cuando no tapaba sus oÃdos.
—Tú estás aquÃ… No hay necesidad que yo…
—Tú estás aquÃ… No hay necesidad que yo…
—No. —declaró apuntando
aquellos ojos brillantes a los de aquella quien fue la inspiración de su
creación, su madre, de cierta manera.





