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Richie

Relato por Alice Blaw
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jueves, 25 de abril de 2019

Una Apuesta por el Futuro [Reto Juevero]

Fotografía por Alan Yahnke


Elevó las cejas ante su propio razonamiento. Una lógica pesimista, que quitaba de aquel colorido lugar toda semblanza de esperanza. El suspiro que dedicó a la pantalla que celebraba y bañaba su regazo en monedas. No era júbilo lo que habitaba en su corazón.

―Tres sietes… Mucha suerte mi amigo. ―la voz tomó forma con una mano en su hombro.
Aquellos lentes oscuros, no reflejaban su luz interior sino la que lo rodeaba. Su tono amigable, sonrisa sutil perteneciente a la muerte que rondaba ese lugar. La deuda, el prestamista que daba la mano y cuyo maletín contenía las almas de cientos, nunca la suya.

―Si… Creo que comienzo a saber cómo se juega

―¿Vas a cambiar de maquina otra vez? ―posó su mano decorada con anillos en el televisor deidificado

Aunque guiado por su lógica, el instinto que lo dominaba no era sincero, no era científico… Pero había tenido razón y convertido sus dos míseros dólares en cien. ¿No debía retirarse? <<La próxima máquina que debe dar premio es…>>

Elevó la mirada al letrero que marcaba el reino prohibido, el reino de la muerte reinante: “Min bet 150$” indicaba brillante. Si no lo supiera, si no lo hubiera notado nunca se habría acercado al fondo de aquel oscuro casino pero, por notarlo, por creer es que era arrastrado, lo maquina lo llamaba.

―¿Tienes suficiente? ―siguiendo a su presa, la tenía atrapada

―Me faltan… ―sacó los billetes extranjeros y un pequeño fajo local

―Te faltan cincuenta… Es mucho...

―Bueno… No sé si debería seguir

― ¡Tonterías! ―sonrió ―Esta es tu noche.

―Entonces… ¿Me lo prestarás?

El hombre asintió efusivamente.

―Y si me lo pagas antes de que salga el sol no te cobraré intereses ¿Qué dices?

Atrapado. ¿De que servía ser listo cuando estaba atrapado? Si pretendía tomar su destino con sus manos por una vez debía aceptar, aun cuando la misma lógica le decía lo contrario.

Cuando su mano se posó en aquella palanca, supo que debía demostrar su observación. Si alguna vez fue su destino triunfar, era demostrarlo en ese momento o morir en una vida de deuda.

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viernes, 19 de abril de 2019

Su Significado [Reto Juevero (Super atrasado)]



―Ven a comer ya…

La voz familiar e insistente me obligó a levantarme de mi nido de tela arrugada. Veía aquella mujer de piel tostada y cabellos azabache con la misma mirada que a mi despertador momentos atrás.

¿Cuánto tiempo llevaba viviendo conmigo? Ante ese pensamiento la corriente de arrepentimiento se apoderó de mi cuerpo. Mi corazón se sintió apresado, la respiración abandonó mi pecho y el calor encontró su nuevo foco en mi rostro.

Esos ojos, oscuros, desinteresados, faltos de emoción. Esos ojos eran los mismos que incluso en la primera vez vieron en mi toda falta de aprecio o sentimiento. Para ser sincero la única vez que la emoción llena las lagunas de aquella jovencita es cuando ve una flor, una flor cuyo nombre ni siquiera conoce, pero con ella he decorado mi casa.

Veo los brotes amarillos, gotas de luz matinal, decorar mi comedor. La costumbre de verla prácticamente acostada en la mesa acariciando las flores se había convertido en rutina.

―Buenos días. ―sin reparar en su presencia comí el desayuno quemado.

Su mirada ni tan siquiera cambió de aquella planta, su voz no se desperdició en palabras, su respiración se dedicó a alimentar esos brotes ambarinos con su respiración en un pasional romance.

― ¿Esa es tu favorita ahora? ―pregunté limpiándome la boca con el reverso de la mano.

―No… Me gusta más la de puntas rojas.

―Esa es la más normal

Volví a fregar los platos. Como un gato aquella chiquilla asiática no se separaba de mi lado pero no me observaba, solo cambiaba su lugar de descanso a la mesa del fregadero, siendo testigo de uno de los últimos días de una de las hermanas que habían ocupado mi casa a la par que la chica.

― ¿Cómo se llama esa? ―preguntó

―Todas son la misma.

―Me hacen sentir diferente.

―Las siemprevivas tienen muchos significados.

Por primera vez para mis ojos sus labios se arquearon.

―Creo que son como yo.

― ¿Por qué te regalaron? ―mi rostro palideció recordando aquel tatuaje en nuestras espaldas, diferentes, opuestos, enemigos.

―Algún día lo descubriremos. ―ahora sonrió mirándome a mí.

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lunes, 3 de diciembre de 2018

Asesinos. Parte 2: Un Trabajo Peligroso




Rindiéndose en su objetivo de comprar comida y cocinar antes de la llegada de la hora prometida, optó por comer en el camino. Sentía como a sus pulmones parecía faltarles oxígeno, pero la razón no era el agotamiento que representaba la larga caminada sino el ambiente desolador que se repetía una y otra vez cada vez que observaba una nueva parte de la calle, comprendiendo por qué muchos solo miraban al suelo.

Mientras sus huellas invisibles marcaban su paso en la deshabitada avenida marcada por el progreso alternativo de la naturaleza del más fuerte, el sol a su vez también avanzaba, abandonando su pasatiempo de tomar el agua de la tierra de regreso al cielo, el cual, en aquel momento, se coloreaba de un surreal color anaranjado.

La oscuridad comenzaba a tomar forma en las sombras. Antes tenues, ahora marcadas como un manto oscuro que representaba cual pintura un mundo en donde todas las formas eran iguales, sin mayor distinción a su propia forma maleable, manipulable por el menor movimiento. Dicha forma fue espantada por una corrupta luz pastel que apestaba ante los ojos. Las palabras escritas con el material brillante no eran un misterio para la invitada, el Death Match Bar, el sitio donde inició todo.

―¡Voy llegando! ―anunció abriendo la puerta principal ante una oscura sala atestada de neón, vacía, con una atmosfera que invitaba a esconderse del mundo que los rodeaba. Era entre metafórico e irónico que estuviese en Santa Destroy, la ciudad de los asesinos. Hecho que no podía permitirse olvidar, especialmente con el marcado tono inglés de la voz que salía del televisor.

―Estoy segura en un 10000% que morirás, pero confía en tu fuerza. ¡Y adéntrate en el jardín de la locura!

La visión de dos hombres de inusuales armas encarados en las vías del metro con una interfaz que permitía observar las apuestas a favor de cada uno. Nada más que carreras de caballos con vidas humanas en juego. En la parte inferior derecha la seductora marca volvió aparecer, la UAA, la Unión de Asesinos Asociados.

―Llegas temprano. ―saludó una voz aguda saliendo tras la puerta de la barra. Sus cabellos rubios y pálidos apenas cubrían la mitad frontal de su cabeza, con el resto marcado por arrugas y marcas de la edad.

― ¿De quién es la culpa? ―respondió la mujer observando con desdén la sangre volar, las heridas mortales brotar y los desquiciados hombres arriesgar sus vidas ¿Para qué?

― ¿Te interesa? ―respondió el hombre sentándose al otro lado de la barra, observando la pantalla.

―Sabes que no… No lo entiendo.

―Llegaste aquí hace tres años. Viviste todo el cambio para llegar a esto.

― ¡Y aun así no lo entiendo! ―quizás dejándose llevar por su viaje se permitió subir la voz ―Perdona

―Está bien. Son un tipo de persona diferente a ti o a mí. Es mejor dejarlos en su mundo. ―a diferencia de esa mañana su voz se mostraba extrañamente comprensiva.

―Pero no es su mundo, es nuestro. No es como que estén en otro país, estamos en la misma ciudad. 
Lo que hagan nos afecta. ―la muchacha se levantó, no fue una sorpresa para nadie, pasando por la puesta trasera y volviendo a los pocos segundos con una camisa muy diferente, con un azul más oscuro y con la banda “Seguridad” en su brazo cual antiguo militar.

Hubo un largo silencio entre ambos. Un vaso cristalino fue llenado con agua y entregado de manos del mayor a la menor, la cual bebió en silencio un par de tragos. Los brazales del favorito cortaban a través de las defensas de su oponente que retrocedía con una katana laser, un arma común entre asesinos, bailando entre los puños del rapero que cantaba ovaciones a Dios mientras mataba por diversión.

―Hoy deberías vigilar afuera. ―finalmente habló el jefe observando a su guardia fijamente.
― ¿Esperas a alguien?

―No, es sólo seguridad… ¿Tú esperas a alguien? ―la respuesta inicial fue un trago más de agua. Una sonrisa cruzó sus labios.

―Sí, una modelo quiere que le enseñe la ciudad al terminar mi turno. ―su sarcasmo no ganaría ningún premio a la sutileza.

― ¿Y qué hay del joven de hace dos semanas?

Otra vez silencio. Esta vez seguido por una mirada hostil por parte de su interlocutora. El sonido del cristal vibrando tras su impacto con la barra hizo que pensase que terminaría hecho pedazos, solo fue un terror pasajero.

―Querías sacar el tema.

―Tengo que hacerlo, es una locura.

― ¿A ti te parece una locura? Mira donde vivimos. ¿Qué es una locura?

―No hablo de Santa Destroy, hablo de ti.

Las tensiones se alzaban. El tono de la voz de ambos participantes aumentaba en cada intercambio y sus miradas se cruzaban, juzgándose el uno a la otra.

―Yo también hablo de mí, no tengo muchas opciones.

―No, eso otra vez no. Siempre dices “No tengo otra opción” para justificar que vas a hacer algo estúpido. ―las mejillas del mayor comenzaban a enrojecer al tiempo que su tono se elevaba.

― ¿No es verdad?

― ¡La última vez casi te mueres! ¿Es tan difícil entender eso? No estarías en este problema si me hubieras hecho caso, no te hubieras dejado llevar o al menos hubieras tenido cuidado. Si quieres suicidarte al menos hazlo en la asociación y muérete como una…

― ¡Archie! ¡¿Quieres dejarme hablar de una puta vez?!
El silencio entre ambos se resumió en un permiso no verbal de explicarse, o tal vez en una oportunidad que el mayor tenía de respirar. Recuperó el vaso que había entregado y bebió el resto del contenido en una bocanada para calmar el calor que salía de sus poros.

―Está bien. La última vez la cagué, es verdad, es mi culpa, pero ahora mismo tengo tres opciones. O tomo este trabajo, intento tomar uno con una de las inversiones de Pizza Bat o huyo de la ciudad. Ya lo pensé. Entre lo que me pagas y lo que me darían solo llegaría a la meta en este tiempo si no lo uso en nada más. Eso es irreal. ―intentando llegar a un acuerdo, su jefe asintió con la cabeza en aprobación, dándole permiso para continuar.

―Ahora, la opción de huir es la más peligrosa. Seguramente patrullen los caminos y se asegurarán de que no salga con vida si no he pagado. Tienen que mantener su negocio y si cualquiera pudiese huir, no estarían abiertos. ―los ánimos entre ambos iban calmándose mientras el razonamiento se iba explicando.

―Entonces solo me queda aceptar el trabajo. Es verdad, es difícil. Por eso he estado vigilando, haciendo y desechando planes desde el día uno. La diferencia entre entonces y ahora es que ahora es porque necesito dinero y antes era por rencor. Lo que pensé es lo más seguro que he logrado conseguir.

―Es un veterano. ¿Es totalmente seguro?

―Nada de lo que pueda hacer es totalmente seguro pero es la mejor oportunidad que tengo.

La súbita pero fraguada discusión terminó por un suspiro por parte del jefe. Llevándose las manos a su sudada frente en una encrucijada en los argumentos, sin dejarle otra opción que ser sincero con lo que estaba pensando.

―Sigo sin estar de acuerdo. Matar no es bueno, nunca lleva a nada bueno.

Sin que la discusión pudiese proseguir, una persona sin duda reminiscente a la figura que alzaba el orgullo de los asesinos entrase y se sentase junto a la guardia, con falsa seguridad robada del disfraz que mostraba con tanto orgullo, pidió una bebida, dando por finalizada la conversación entre ambos.

―No lo sé jefe…

Y sin una palabra más, con ninguna parte conforme, la noche transcurrió sin una palabra o espacio compartido entre los únicos integrantes del desolado bar que únicamente se mantenía en pie por su valor histórico. Por ser el inicio de la leyenda, por ser la promesa de alcanzar la cima para una sociedad individualista que se canibalizaba.

No hubo ninguna despedida cuando salió el sol. Tan solo una sensación de vacío e inmediato remordimiento por ambas partes, como si intentasen detener los engranajes de un reloj pero este aun moviese sus manecillas, algo que era inevitable.

Esa mañana la escena del cuerpo inerte no se repitió, no era una mañana normal. Era la mañana en la que la camisa gris cubría un top y unas correas al rededor del pecho de la morena, que el cinturón que sostenía sus pantalones tenía una misteriosa vaina a su espalda.

De una de las cajas de cartón salió un joyero de madera desfigurada por dos marcas de impacto, la caligrafía que antes la nombraba ahora era ilegible, por muy elegante que aparentase ser. Sarina la abrió lentamente conteniendo la respiración. Los objetos allí contenidos eran un revolver de seis balas, el cual se escondió tras la camisa, bajo su brazo derecho.

El misterioso cuchillo fue el siguiente en escapar de su refugio, un cuchillo de supervivencia con una hoja frontal lisa de 20 centímetros pero con protuberancias metálicas a los lados. Espinas que volvían apuntando a su portador al igual que un par de cuernos en la parte trasera de la hoja, que a su vez también apuntaban al usuario. La mano de la joven se apretó contra las marcas que posicionaban los dedos, sintiendo la resistencia del material que deseaba previo a guardarlo en la vaina.

El ultimo articulo era el más extraño. Una pequeña caja con correas que la fijaban, muy fina y solo dejaba escapar el pequeño gancho al final de un cordel. Alrededor del gancho había una abertura mucho más grande para mantener fijo un objeto. Dicho objeto también fue escondido bajo la camisa, apretado bajo la manga de la joven, tras su mano vestida con un guante, al igual que su gemela.

Por primera vez en el día, con desgano, observó su reflejo, permitiéndose quejarse en un susurro.

―De verdad no lo sé Archie… Espero tener razón.

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martes, 27 de noviembre de 2018

Asesinos. Parte 1: Un Día Normal



Historia basada en los eventos de la saga No More Heroes

Los tiempos cambian, eso es una realidad inevitable. Desde el nacimiento de la industria, el potencial de cambio se ha vuelto casi infinito. Así décadas de avance podrían ejecutarse en un solo día. Eso fue el inicio de una carrera autoimpuesta por la humanidad hasta un objetivo nebuloso, un avance heterogéneo, injusto y a veces mortal.

¿Qué pasa con las personas que no pueden avanzar más? Cuya sed de sangre, considerada heroica en otras eras, sembrada y cosechada en su ADN, los vuelve parias en la nueva ola de cambios. Por mucho tiempo esas personas solo pudieron esconderse, rechazar u ocultar su verdadera naturaleza, viviendo en la infelicidad de una falsa estabilidad, conteniéndose, obligándose a mentir y ser mentidos.

Pero una nueva respuesta fue traída de la mano de una leyenda desaparecida. Una inusual historia de gente rota. Personas adictas a la sangre que saciaron su apetito y encararon sus ideales de forma sincera y humilde entre ellos. Finalmente, un héroe se alzó con la corona de ser el mejor de los llamados “asesinos”, tan solo para abandonar su trono y desaparecer, dejando una jerarquía que, fuese real o falsa, perdió su cabeza.

Otro día normal es coronado por el despiadado sol que gustaba azotar al pueblo al sur de los Estados Unidos, rodeándolo de un mar de arena tan solo interpuesto por la costa de agua hirviente. En un complejo ajeno a las leyendas pero no extraño a las esperanzas que estas prometían, un estridente sonido llenó una pequeña habitación decorada por cajas. Una norme bolsa de basura, ropa y un cuerpo inerte que volvió a la vida en un quejido, observando el pequeño artefacto brillar a su lado.

Al tiempo que el brillo molestaba sus agotados ojos, que la aguda campana torturaba sus oídos. La masa de piel apenas tostada se levantó, sobando sus parpados con la sensación rugosa en su diestra que aún era ajena a ella. Sus cabellos oscuros reposaron en su máxima extensión, clavando sus puntas en el inicio de su espalda. Contaba mentalmente el número de tonadas brindadas por el aparato, conociendo cuando la evidente llamada se cortaría. Respondió al último segundo.

― ¿Buenas?...―de sus labios salió una voz quebrada y ausente de vida o pasión. Pese a su intento de ser convincente tan solo hubo un silencio juicioso al otro lado de la línea.

―Sarina, tu turno comienza en tres horas ¿Lo recuerdas? ―aunque particularmente aguda, no podía negarse que era una voz masculina atacada por la distorsión. Su desagradable tono indicaba que ya entendía la situación a la perfección, para el pesar de la joven que volvió a reposar su cabeza en el colchón.

―Lo recuerdo. Aún faltan tres horas.

―Pero estabas dormida. ―el tono continuaba, estaba guiando la conversación, parecía querer decir algo

―No estaba durmiendo, solo…

―Puedes dejar de intentarlo, por como tienes la voz o dormías, o tienes resaca o pasaste la mejor noche de tu vida. Considerando donde te tengo trabajando, sé que no es ni lo segundo ni lo tercero.
Era difícil no imaginárselo con aquella sonrisa triunfante que pulía para tan especiales ocasiones, momentos donde el estrés del límite de la vida y la muerte abandonaba sus corazones y podían tener una relación cordial, casi normal.

Quizás estimulada por el intercambio perdido, la morena obtuvo las fuerzas suficientes para sentarse en su lecho, no sin un nuevo quejido agotado. Sus dedos recorrieron sus oscuras hebras, ardientes por la creciente temperatura de su hogar, sacudiéndolas en un intento de evitar la maldición que azotaba la geografía local.

―Bueno ¿Qué quieres? Aún falta bastante ―su mirada se movió a la persiana que apenas podía detener la luz exterior ―Ni siquiera es de noche

―Quiero que comas algo, no quiero que sigas limpiando mi refrigerador porque tu horario corporal sea una mierda.

―Ajá ¿Y de quien es la culpa? ―la respuesta fue rápida, como una mordida a la yugular.

―… El punto es que tienes que comer algo. ―la duda en su voz y el tiempo que tardó en responder delataba que el ataque tuvo cierto éxito.

―Si mamá. Después haré la tarea. ―el sarcasmo en su voz no era ni mucho menos sutil.

―Muy bien, te castigaré si tus calificaciones siguen bajando. Nos vemos cariño. ―sin dar oportunidad a una respuesta que ya se formaba en la mente de su interlocutora, la línea fue cortada, dejando a una de las partes con una falsa sensación de victoria.

Otra mañana, otra rutina ejecutada un par de horas antes de lo normal. Sus oscuros ojos, como era normal, esquivaron la mirada del espejo de camino a su ducha, donde se sentó permitiendo que la cascada cubriese su cuerpo, que desordenase sus cabellos, que las gotas la abrazasen.

Nuevamente la sensación ajena se hizo presente gracias a una caricia, esta vez en sus piernas, no a causa de las mismas, sino sus propias manos, las cuales miró y acarició aun intentando acostumbrarse a su nuevo relieve. ¿Cuántos meses habían pasado para aún no olvidar lo que había pasado? Como tatuajes, las pequeñas lagunas que formaban las cicatrices que decoraban su zurda y las hinchadas quemaduras en la palma y extremos de su diestra serían un recordatorio que no la dejaría.

Un despertar común y corriente, una ducha común y corriente, una tarde común y corriente. Evitaba las cajas de cartón a su paso, una distancia minúscula con una separación invisible entre su habitación y su cocina, cuya puerta llevaba al exterior.

―Mierda… ―a la hora de abrir la gélida caja blanca, su luz dorada mostró su ausencia de contenido. Ni tan siquiera un pedazo de pan, tan solo media garrafa de agua entre otras bebidas variadas en su categoría de edad y fecha de vencimiento.

Quizás la única excepción a la regla era un humilde pedazo de papel pegado a la cara interna de la puerta. Una lista de comestibles escrita con su propia caligrafía y un número en la esquina inferior derecha con un prefijo “Dólares LB”. Dicho número, grande en apariencia, no era ni mucho más que una tortuosa cantidad que provocó cólera en lo más profundo de su ser.

Por muy poco que deseaba abrir su puerta y exponerse a su actualidad, poco más podía hacer. Equipada con una larga camisa de vestir color celestino, pantalón largo negro y botas, guiada por su propio escrito, cedió ante los deseos que le habían sido comunicados.

Si bien el ataque solar no era para tomarse a la ligera, su cuerpo se había acostumbrado rápidamente al dolor en su piel hasta el punto que ni siquiera cubría su cabeza. Observaba con sospecha las calles, apenas habitadas por figuras aparentemente humanas, pero faltas de alma o voluntad que meramente se dejaban llevar con mirada baja.

Una mueca se hizo presente al ver un hombre adulto de particular apariencia y mascara de luchador color negra, blandiendo un bate decorado con clavos por sobre su hombro. Sus vestimentas, su arma, su propio espíritu estaban entintados del fresco carmín que lo cegaba, que le permitía ignorar la presencia atemorizada y rencorosa de los habitantes de la ciudad.

Los caminos de hombre y mujer se cruzaron y un leve intercambio de miradas se llevó a cabo. Tan solo por menos de un segundo, el sangriento luchador, victorioso en su hazaña, se vio obligado a reconocer una presencia que pensaba inferior, débil, incapaz de comprenderlo. Verse reflejado en una mirada que lo juzgaba fácilmente avivó su ira, al menos, de no ser porque el contacto visual, tan pronto como ocurrió, fue cortado por parte de la fémina que siguió su camino evitando confrontación.

Aquel instante de reconocimiento falleció. La pintura de almas errantes se mantuvo todo el camino, viviendo sus vidas en mediocridad e infelicidad a causa de una debilidad que debió ser erradicada con la promesa de la nueva era. Una debilidad que era restregada en sus rostros con la marca de la bestia que se extendía por cada edificio de la ciudad, una marca que humillaba a todo aquel que soñaba con una vida normal: “Pizza Bat”

El camino de su mente la llevó a una abertura abisal que la invitaba a pasar, pasar por el estrecho túnel que llevaba a una luz blanca e inmaculada. Los pies de la joven saltaban por los escalones que llevaban bajo tierra, al espacio donde solo podías moverte por caminos prestablecidos, abandonando su libre movimiento a cambio de aparecer en su objetivo en segundos. Una voz joven y animada la detuvo, tomándola del hombro.

―Espera un momento.

Al voltearse en efecto, un joven no mucho mayor a ella le sonreía. El arco de sus labios era interrumpido a la derecha por una cicatriz que se extendía un par de centímetros hacia abajo. Sus cabellos largos y negros cubrían la luz de la salida superior a la vez que su cuerpo atlético. Vestido elegantemente en traje negro, formaba dicha barrera de forma física.

―Perdona. Bajabas muy rápido.

― ¿Si? ―fue la única respuesta que recibió aparte de un rostro altanero y nada amistoso.

―Oh si… Verás. Una batalla acaba de comenzar allí abajo. Claro, puedes ir a ver si pagas la tarifa, pero el metro está detenido por un par de horas.

―Ya… Entiendo. Gracias ―su masa comenzó a moverse rápidamente. Un paso, dos escalones hacia el exterior.

―Si tienes un momento… ―la pregunta no era más que una muletilla, la presencia ajena nuevamente bloqueó su camino. ―La verdad es que me gustaría ir a ver. Apenas hay gente y hay mucho sitio donde sentarse. ¿Qué dices? No todos los días puedes ver al gran Nathan Copeland fuera de su medio.

La pregunta fue respondida tan solo con una mirada nada sutil al pecho de su interlocutor, encontrando su propia marca de la bestia, una muy diferente a la que azota las construcciones y las personas alejadas de dicha vida. Una marca seductora que mueve la sangre para la satisfacción de unos pocos y el morbo de muchos más: “UAA”.

―Mira, podría intentar ser sutil pero la verdad no tengo ganas. No puedes esperar que me crea que solo eres un curioso si trabajas para la unión. Puedes ir a engañar a otras personas, yo voy a hacer mis compras.

Quizás, cediendo ante una negativa tan directa, entre sorpresa y vergüenza, se hizo a un lado permitiendo a la joven pasar. Una sonrisa alterada, esta vez agridulce, recorrió su rostro observando a su presa avanzar.

―Realmente eres el tipo de persona que avanzaría en el ranking. ―dejó escapar, sin saber que provocaría una vez más que la joven se detuviese.

―No lo sé… No me gusta matar…

El intercambio terminó ante la presencia de una nueva chica mucho más joven que la propia Sarina, evento que provocó que la máscara del promotor volviese a aparecer, marcando la salida definitiva de la pelinegra, aún con algo de frustración dentro de sí.
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sábado, 10 de noviembre de 2018

Dulce Ilusión

Ilustración creada por _LM7_

Este relato utiliza personajes de la saga de videojuegos Touhou Project.



El olvidar puede ser el mayor crimen que alguna vez se ha cometido en este mundo. Eventos, personas, miedos, sueños, sonrisas y lágrimas. Las injusticias de este mundo, los gritos de frustración y desesperación no vienen de parte de la naturaleza, sino que los guardianes de la memoria se atreven a olvidar, a modificar, a crear.

Dicha justicia olvidada tiene un sitio, un microcosmos donde, atrincherada por un inolvidable y prohibido hechizo, las arenas del reloj de la vida se han agotado, dando lugar al caos, a la guerra que se apagó permitiendo el florecimiento de la paz. Una tierra de fantasía donde los olvidados se retiran a jugar como niños.

Pero ni tan siquiera los guardianes de aquellas imágenes pasadas se ven librados de su propia maldición.

Nuevamente, con agotamiento en tu cuerpo, cerraste tus ojos sucumbiendo a las nuevas reglas de la humanidad, muy por encima de ti. El ahogamiento de la sociedad utópica no hace más que desesperarte mientras liberas un respingo, no por tu dolor mental, sino por tu alma sedada y torturada.

El dolor desaparece lentamente, el peso en tu corazón rompió sus cadenas y cae, sientes que nuevamente puedes sonreír, puedes soñar, puedes amar. Al abrir tus ojos observaste juveniles manos a tu control, la energía que habías perdido, una sensación incontrolable azotó tu cuerpo mientras usabas dichas manos para cubrir tu rostro.

Una sonrisa infantil se dibujó en tu rostro, con mayor grandeza y felicidad de lo que alguna vez recordaste, mientras lagrimas cayeron por tus mejillas y se derramaron contra tu tembloroso cuerpo y suelo de hierba. Flexionaste tu cuerpo intentando controlar los sentimientos que ahora te dominaban pero nada más que una risa quebrada por llanto sale de tus labios, incapaz de moverte solo cerraste tus ojos hasta que has derramado tu última lágrima.

Con nuevo agotamiento, tus brazos te sostuvieron tanto como tus piernas, observando la tierra virgen manchada de tu líquido interior. La cálida mañana no había fallado en azotarte con el tortuoso verano. Un aroma invadió tu nariz, un aroma pútrido, inaguantable, que provocó que tu vacío estomago desease liberar el poco contenido de su interior.

Levantaste tu mirada, el aroma se expande cual niebla de una esfera de nubes negras que flotó enfrente de ti. Tu cuerpo tembló nuevamente con genuino terror con el acercamiento de semejante aparición. Innatural, imposible, desconocida.

― ¡Ay! ―una dulce voz infantil dominó el ambiente, la esfera de densa oscuridad se desvaneció dejando lugar para una niña vestida formalmente de blanco y negro de brazos extendidos y el rostro contra un árbol, una vestimenta menos que impecable debido a la sangre que proveía de su rostro que sobaba con pena entre gimoteos.

Te acercaste, ahora con más seguridad pero no con menos confusión, observar a una niña de mechas solares llorar mientras sangraba era algo que, aún de poder ignorar en tu hogar, simplemente tu conciencia no podía permitírtelo en tan extraña situación. Más extraña cuando no ves nueva sangre brotando, reconoces el origen del aroma y la niña te mira con sorpresa.

―Hola de nuevo. ¡Gracias! ―su expresión inocente, un canto que acariciaba sus palabras en cada silaba, una niña feliz.

Aquella que te saludaba con familiaridad sonrío de forma inocente, alegre, mostrando sus dientes manchados de sangre, con pedazos de carne y tendones incrustados en su dentadura así como en su pálida tez.

El miedo creció en ti al observar sus ojos escarlata excitarse en alegría mientras lamía sus manos manchadas del fluido carmín que aún goteaba de sus facciones. Tus piernas reaccionaron por sí mismas, como si no pudieras controlar tu cuerpo y un grito fue la única respuesta que la infante que saboreaba la dulce miel recibió antes de verte desaparecer entre los árboles que te rodeaban.

¿Cuánto tiempo pasó? ¿Cuánta distancia recorriste? No lo sabes, solo corriste, corriste hasta que tu aliento falló, hasta que tus piernas no pudieron sostenerte, hasta que tus energías revitalizadas se agotaron. De alguna manera, el sentir tu propio corazón a lo largo de todo tu cuerpo, aún con el terror aferrado a ti cual parásito, traía una misteriosa satisfacción que llevó a una pequeña sonrisa mientras el aire se forzaba dentro y fuera de tu garganta.

― ¿Estás bien? ―una nueva voz, igualmente joven pero más aguda atrajo tu atención

Una niña, no mucho mayor que la anterior, de fantasioso cabello de hierba, atada a los tentáculos violetas de un ojo firmemente cerrado te observó felizmente. Aún con el terror presente en tu corazón, aún con la evidente sobrenaturalidad de la joven, no te causó ninguna impresión; no miedo, no odio, no empatía, no alegría, no familiaridad. Un profundo cero encarnado frente a ti.

― ¿Te perdiste? ¡No te preocupes! Ven conmigo, te llevaré donde mi mascota puede ayudarte ―bien pudiste estirar tu mano hacia un árbol más a juzgar por tu impresión al respecto.

Como poco más que una marioneta, te dejaste guiar por la suave mano, por aquellos ojos esmeraldas cubiertos por el sobrero negro. Los caminos, pese a tus mayores esfuerzos, se borraban de tu mente a los meros segundos. Incapaz de ver el rostro de aquella joven, sus facciones se hicieron borrosas. ¿Qué era lo que había dicho? ¿Qué era lo que pretendía? ¿Debías asustarte?

Nuevamente, el mismo aroma invadió tus fosas nasales. Cuando las cubriste con tus manos, notaste que ambas eran libres, que la soledad era tu única compañera, que el único camino restante llevaba en dirección a ese aroma.

Tus pasos se tornaron pesados en cuanto las moscas comenzaban a aparecer, posadas en las hojas de los arbustos, degustando la miel oscura que habías visto antes, hace poco. ¿Dónde? ¿Dónde estabas? ¿Qué hacías allí? La orientación te había abandonado, dejándote ante el túnel de tu olfato en dirección a lo único que no era el infinito verdor del bosque sacado de la imaginación de un niño.

Tu nariz te guió hacia lo que esperabas, el aroma a sulfuro, a excremento, llevaba a lo único que podía estar detrás de dicho incidente. Rodeado de moscas, un espejo macabro causó que tus huesos se tensasen, que tu cuerpo se paralizase, que el rostro que por tantos años te cansaste de ver ahora estuviese en su peor estado.

Una mezcla entre gritos y vomito intentó escapar de tu garganta.

Rompiste la maldición que te mantenía en el lugar.

Cerraste tus ojos en negación y los abriste para encontrar tus sabanas despidiendo el inmundo aroma de tus intestinos, con lágrimas en tus mejillas y una contradictoria sonrisa.
Sonrisa que se mantuvo mientras tus sucias y desgastadas manos volvían a tu rostro entre quejidos, clavando tus uñas contra tu piel deseando deshacer dicha visión.

Entrabas en desesperación, lo sabía y me limité a observar con gula y deseo desde los mismos ojos que cubrías con tus manos. Los sueños más amargos hacen de los más apetitosos platillos.

¿Qué pasó con la tierra de la fantasía? Alguien que aún es recordado nunca podrá hacer más que imaginarlo.
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sábado, 6 de octubre de 2018

El Grito del Maldito

Ilustración realizada por el Instituto Noruego de Ciencia y Tecnología

Lo profundo, la misteriosa caja de pandora del planeta que del que todos sabemos pero tememos  realmente conocer. Escondemos los secretos detrás de gruesos telones entintados de mitos y leyendas que, al removerlos, aún con la valentía heroica de antaño, nos espanta la idea de que tras ellos se confirmen nuestros terrores.
En el misterioso abismo cuyo portal se agita, nos grita y amenaza de no alterar lo que la naturaleza alguna vez nos dio como nuestro dominio, ahora, completamente reformado, destruido y reconstruido por milenios, un solitario rastro de luz, ajeno a tierra y cielo, se embarca al testimonio tan profundamente guardado. Unas palabras secretas que sabe, deben ser escuchadas.
Las ráfagas incesantes, el mandato divino que obliga las voces a callar no hacen más que sacudir el rastro luminoso del conocimiento prohibido. La bestia oscura cuyo estomago esconde nada más que maldiciones, mentiras y muerte. Las luces son alienígenas a ese reino donde las leyes no pueden ser leídas en lenguaje humano.
Las aguas aplastan, estrangulan la luz y la vida, una sentencia creada junto con este mundo. Bestias salidas de las pesadillas corrompen la mente humana, los únicos seres que pueden permitirse merodear por las puertas de las infernales aguas son aquellas dignas de ejecutar el castigo eterno. La luz de los mismos cambia lentamente, primero se convierte en deseo, el fruto prohibido que es rápidamente castigado con la cruel realidad.
Luego, desaparecen... las leyes toman la soberanía, la vida se vuelve un bien escaso. El calor aumenta, incluso la vida más elemental muere acercándose al final del aciago viaje. Las sonrientes y voraces dentaduras han dejado ese mundo. Tan solo la nada, la más profunda y verdadera oscuridad. La que los humanos buscan en el cielo desnudo de sus estrellas, de sus almas corruptas, en lo profundo de la tierra. Nada puede compararse con la imperecedera sombra primigenia que domina el final del mundo.
Y entonces... creación...
Las voces hablan, susurran a su invitado en la natural ceguera de su regente.
La piedra, esculpida por manos no humanas, retrata el antiguo edén del que nunca se habló. Los humanos, las plantas, los animales. Seres pétreos que corren, giran alrededor de un centro. La cabellera gris y desgastada de las damas desvestidas, vuelan, imitando lo que nunca sentirán.
Un circulo concéntrico de figuras humanoides, cuales pétalos de flor, escondían el epicentro, el origen de la creación. Con cada paso, la evolución proseguía, la muerte se hacía presente, las formas humanas, dignas, hermosas en el exterior, eran pobladas por heridas, desagradables malformaciones en sus rostros, en sus pechos, en sus inglés, en sus espaldas y manos. Sus ojos pétreos, faltos de vida, casi parecían gritar sufrimiento.
Pasos, metros, nudos, la enorme y miserable flor petrificada, escondida en el negro corazón del abismo aún hablaba de indecibles horrores. Lo que era una danza se convertía en una marcha de pesadilla, en un monstruoso desfile con formas, ya no hermosas, ya no humanas, pero antropomórficas. Horribles a la vista y toxicas a la mente, con cabezas volteadas, miembros fracturados y misteriosas partes desfiguradas en su anatomía. Todos unidos a otros en un muro humanoide que se abría en un arco en el que se postraba un joven de rostro girado que abría sus labios, en un grito eterno e imperecedero, postrado y rompiendo el uniforme circulo de dolor.
¿Qué había tras las puertas?
¿El olvido?
¿El secreto?
¿El tesoro de la creación?
Tan solo angustia, dolor, decepción, traición, odio, desesperación, locura... y nada. Una nada tan profunda y elemental que el corazón de aquel que la experimentara se marchitaría y la esperanza del más fehaciente creyente desaparecería. Algo irracional, natural, algo que siempre estuvo allí. Algo que fue perturbado por la luz. Algo que despertó.
La ira, la locura, todo gritó al unísono con voces individuales que detuvieron el eterno caos de la superficie. La piedra elemental, primigenia, maldita, se abrió como un cascarón liberando a los condenados. El dolor continuaba, el ardor, el ahogo, la ceguera, la tortura inmerecida no se detenía. El círculo se cerraba en un abrazo desesperado, el dolor y la tristeza crecían y ensordecían a los antiguos guardianes mientras el abrazo de los condenados se extendía.
Perdían nuevamente su forma, por muy demacrada que fuese. Por muy destruido que hubiera sido en su castigo eterno, se unía en la gran fortaleza mayor a cualquier cosa creada por dios u hombre. Un solo ser, un camino a la esperanza que ansiaba ver la luz una vez más, sentir el viento sobre su rostro y sonreír amorosamente una vez más como condición para abandonar el mundo en paz tras relatar las palabras prohibidas a una humanidad merecedora de la verdad.
La bestia ciega y falta de piel gritó. El calor solar no hacía más que secar y degenerar su cuerpo, sus ojos no eran capaces de ver al gran astro rey o su hermosa hermana con su sequito. El grito saltó desde lo más profundo del ser diabólico, víctima del inicio, pero el mismo volvió a él. Incapaz de gritar, incapaz de cumplir su más elemental y desdichado deseo, entró en desesperación. La locura y la tortura no habían terminado, nunca terminarían.
En lo profundo, en lo elemental del monstruo su amor se había secado, envenenado por el odio que por eras se acumuló.
¿Quién soy?
¿Qué soy?
Debieron ser las preguntas que acosaban la torturada mente del ser abisal. Incapaz de gritar, su cabeza, sus dos cabezas, sus diez, cien, mil cabezas. Sus incontables cráneos chocaron sus dientes con furia, el agua se volvía blanca, la espuma se tragaba incluso a las más grandes olas. Un solo ser en el mundo no desconoció la misteriosa rabia que en lo profundo se había creado. Más allá de todo lo que alguna vez fue conocido, un emisario enloquecido del pasado desconocido que les había sido prohibido.
El grito se detuvo...
―Tu eres...
Habló una suave voz. Un llamado desconocido y reconfortante. La bestia herida, desesperada, buscó esa voz. Buscará esa voz hasta el fin de los tiempos, hasta que el último de sus huesos se rompa y su última alma desaparezca. Esa voz era su luz.

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sábado, 29 de septiembre de 2018

Richie [Reto: La Línea 20]

Imagen por JackEavesArt


Rich, Richie para los amigos, es el mejor amigo que puedes tener en este mundo. Un hombre excéntrico que vive en una tienda en el jardín de un bloque deshabitado. Algo muy poco común, pero cuando lo conoces, descubres que es un hombre de palabra. Si promete algo siempre va a cumplirlo, si busca algo, siempre lo encontrará. Su pago es barato, si es que existe en primer lugar.

― ¡Berwyn! ―me saludó una vez pasé a través de la tela que hacía de puerta. El astro rey reinaba en el centro del cielo, su fuego evaporaba toda resistencia.

―Hola… Lo siento, tengo prisa.

―Tranquilo, cosas de adultos, lo entiendo. ―dijo el hombre infantilmente sentandose en el suelo, contra la pared. Se levantó animadamente.

¿Qué pared podía haber en una tienda de campaña? Más aún, una ventana que conectase al interior de un edificio, cual atravesamos.

―Deberías vivir aquí ―me atreví a comentar.

―No… ―el tono de su voz, el gruñido tras sus palabras, como si fuese a decir algo pero se hubiese detenido.

El sitio, un estudio normal, tan solo habitado por polvo y antigüedades, meros fragmentos de un pasado intrascendente. Las historias que Richie se recreaba contando a su alrededor eran maravillosas, sin embargo, no había en esos artículos ningún detalle nuevo, salvo que denunciaban las mentiras de su dueño.

Entre ellos había una pequeña botella, un frasco medico de líquido cristalino con un grano oscuro que curioso golpeaba el recipiente en mi dirección. Era lo que buscaba, una sonrisa se dibujó en mi rostro.

―Gracias Rich―me acerqué a la mesa mi mano se extendió hacia el objeto, cuando fui sujetado.

―Dámelo…―la voz, generalmente optimista de mi amigo, se rompía en desesperación psicótica. ―Je, je… Dámelo…

El hombre se posó entre mi objetivo y yo. La sonrisa de un niño y unos ojos apasionados, juguetones, no me permitían ignorar como sus garras apretaban mi pectoral, como inyectaban miedo en mi alma.
Richie es el mejor amigo que puedes tener. Si promete algo, va a cumplirlo, si busca algo, siempre lo encontrará. Pero lo que pide… a veces parece demasiado.



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