Asesinos. Parte 5: Nombre
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Ilustración por Sara Edge |
El espeso petróleo cayó, tanto del brazo humano y
mortal de Yibril como de los labios de Sarina, sin duda, con la segunda dejando
un mayor charco a sus pies, tal vez por la ayuda presentada por su desayuno en
dicha tarea.
El área alrededor de la gran quemadura se formaban
pequeñas montañas ásperas en su piel como venas levantadas, guiaban las miradas
al gran agujero negro que se creaba en su estómago. ¿Deberíamos seguir las
leyendas que la marcarían como un ser sin alma? Pues tal vez su método y
anatomía no distaría tanto de ello.
El ardiente colmillo fue rechazado con un poderoso
puñetazo. El inhumano zumbido, conocido por su frecuencia abandonó los oídos de
aquel antiguo asesino pero, con vida propia, la enredadera la guió de regreso a
la mano de la mujer quien, ahora definitivamente incapaz de cerrar su camisa,
pudo mantenerse en pie con misteriosa voluntad y ayuda de la pared.
—Je… Parece que ahora cualquiera puede conseguir
cristales de poder…
Y no se equivocaba, el ardor de su piel, el hecho
que de un momento a otro sus sólidos músculos y sus férreos huesos se habían
reducido a carne cocida con un misterioso cuchillo al rojo vivo, era en efecto
conocido, aunque inusual, estaba seguro que había un aura que estaba rodeando
aquella arma. Era uno de esos molestos sables laser personalizados. ¿Acaso no
eran los asesinos prominentes los únicos con la influencia y la habilidad para
controlar armas así sin quemarse? ¿Cuántos no habían cortado sus propias manos
por su propia incompetencia?
La batalla continuó, mientras ambos pudieran
levantarse el homicidio continuaría. Ante la embestida de aquel asesino que
creó un nuevo agujero en la pared enmarcado en un incómodo sonido del
debilitado hueso abandonando su cuerpo y la batalla. Su oponente, no
permitiendo al ataque llegar a su cabeza, se refugió en su pecho sujetando su
sable a la inversa, con cuestionable velocidad lateral apuntó a sus costillas.
El brazo de aquel hombre se movió nuevamente, su
piel se estiró de forma inhumana, aterradora, hasta que no quedó nada de ella.
Una cascada de sangre cayó buscando el rostro de la asesina. No podía
permitirlo, si se permitía ser cegada por ese truco sería su último error, si
su intención era forzarla a detener su ataque había triunfado estelarmente.
Su pierna, guiada hacia su costado, sin la fuerza
para hacerlo caer, se convirtió en un gancho. Su cabeza pasó por debajo
del puñal óseo mientras buscaba la
distancia. Sin embargo, con su cuerpo incontrolablemente en el aire, el
contrario sin querer convertirse en una plataforma salvadora de aquel error
cometido en momento de leve pánico, apuntó su estrella de la mañana en
dirección a su oponente.
¿Cómo podría salvarse ahora? No alcanzaría el suelo
antes de verse alcanzada por las llamas por lo que decidió no hacerlo. Como
guiada por un nuevo disparo aquel sable se guió hasta una pared, el zumbido se
detuvo momentáneamente , permitiendo que la extraña forma de la misma hiciera
de arpón en los ladrillos y su masa, a cambio de un gran dolor en su hombro,
esquivase el ataque por un lado.
—¿Tiene nombre? —tanta resistencia, aunque
equivocada, respondía a todos sus movimientos, se adaptaba, evolucionaba ¿Eso
lo hacía tan feliz?
—Es solo un arma —“Clic” el sonido de la mujer
cerrando el cilindro no fue enmascarado, por el contrario, en ese momento todas
las cartas se habían mostrado ¿O no?
El arma se elevó, pese al zumbido inicial ahora
podía notar su forma, su composición. Mucho más corta que una normal, una hoja
corta y plana de wakisashi de una densidad débil que dejaba un reflejo ardiente
tras los veloces movimientos de la mujer quien, sorprendentemente no optando
por un ataque a distancia, cargó contra su enemigo.
Esquivado el ardiente golpe metálico inicial el
hombre se vio obligado a seguir con su hueso roto el amarillento camino, quemar
su herida que no dejaba de vomitar toda la sangre de su cuerpo. ¿Cuánto tiempo
le quedaba? ¿Cuál sería el límite de su resistencia? No solo podía sentir los
efectos de la anemia que palidecían su tostada piel, lejos de la gélida e
impensable muerte era el choque anafiláctico de la muerte que hacía que su
mente comenzase a abandonarlo.
Al encontrar el final de la senda ambarina aquel
filo se encontró con algo duro sin embargo no ardió, tal vez hubiera atinado al
mango… sin embargo descubrió la verdad al momento que por la debilitada osamenta
sintió la forzada penetración de un proyectil que se atascó en su hombro. Ni
tan siquiera él pudo evitar quejarse.
Ahora se sentía en desventaja, una desventaja
controlada puede ser el señuelo perfecto para un error enemigo ¿Era esa la
excusa que utilizaba para justificar la pérdida de su otro brazo? ¿La razón por
la que, de sobrevivir, nunca más podría sentir como humano, de la misma manera
que ya no puede ver como uno? Sin embargo, aún de llevar a su oponente al Estigia
a rastras, no era seguro que él pudiera salir en ese punto.
—¡Enfréntame! —exclamó dejando escapar su ira en
forma de llamaradas en su mano abierta que buscaba a la contraria ¿Podía
decirse que aquel brazo inhumano ahora buscaba sangre?
No obstante la realidad volvía, tranquila,
inevitable, al sentir el rechazo a su mano de un punto específico, sus llamas,
unidas con la energía liberada de aquel sable se unían y convertían en un gas
multicolor que decoraba el techo de la habitación en nubes arcoíris.
¿Se sentía preparado ya para responder su pregunta
inicial? ¿Qué era ella? Era lista como una rata, eso en efecto, sin embargo una
rata hubiera huido tras aquel primer golpe. No, había algo más, el hecho de que
se hubiera levantado indicaba que o estaba acorralada en más de una manera o
había algo más, quizás ambas cosas. Además de aquella arma, un arma de
asesinos, un arma no de asesinato silente sino que demostraba eficacia en
combate. Comenzaba ver el valor en las ratas con el cual habían conquistado el
mundo.
—¿Por qué vienes tras de mí? Sé que no quieres
presumir al resto de tu madriguera…
Quizás fue la seriedad reflejada en su voz, aún
cubierta por el puño cubierto de napalm en una inútil defensa que poco hacía
más que reflejar su espíritu de lucha, el cómo no temía tener las llamas tan
cercanas a su rostro con el fin de mantenerse con vida, no, de vencer su
oponente, la única que luchaba por su vida mantenía una posición igualmente defensiva
pero menos imponente, más evasiva y lateral.
—¿Por qué hacen los asesinos sus cosas? —tan esquiva
como su posición fue su respuesta
Aquella, aunque incierta, una respuesta que podía
esperar de ella, indicaba mucho. ¿Acaso comenzaba a conocerla para predecir qué
cosas podía esperar que respondiese? Sin duda una respuesta directa sería mucho
más inaudita de escuchar salir de sus labios.
Pero le respondió. Honor, gloria, deseo, venganza,
locura. Había muchas razones por la que una persona lucharía, algunas con
mezclas entre ellas, la gran mayoría luchaban por poder, por tener control sobre
algo que escaparía a sus manos en el resto del mundo. Si, podría responder eso,
que en cualquier otro momento sería totalmente cierto, fue la razón por la que
Santa Destroy se convirtió en la ciudad
de los asesinos.
Pero no, eso era lo que quería responder, algo,
incluso desde el inicio, desde tiempos de Travis El Grande había plagado lo que
quería ver con ojos nobles pero tanto como él no los tenía aquello no existía,
el dinero lo dominaba todo, se volvía sustituto y recipiente del poder, era por
eso que ella luchaba pero ¿El color de su arma reflejaría su propia avaricia o,
como en este caso, lucharía por su vida?
—Si necesitas dinero tengo una bóveda…
¿Era cobardía? En su mente se justificaba diciendo
que la probaba, que si huía confirmaba que aquella no era una verdadera
asesina, solo una víctima más de un problema sistémica que se había consagrado
en combatir, a combatir junto con la existencia de las grandes corporaciones
que no tenían derecho a destruir lo que él y tantos creían. Quizás había sido
honesto si no hubiera sufrido tal shock al escuchar una respuesta.
—No… —no podía verlos pero sentíase penetrado por
aquellos ojos —Prefiero ganármelos, pero gracias.
Su sangre, como los granos en el reloj de su vida,
se acababan. Se adelantó con fuerza y le mostró nuevamente las llamas de su
mano. La nube se mostró haciéndola retroceder, escondiendo su figura. Si algo
sabía de ella era que cuando era sorprendida cometía errores, por lo que por
primera vez se veía en la necesidad de manufacturar la situación.
Cual bala atravesó en una figura negra aquella nube
de furia divina apuntando con su brazo mecánico, inhumano, inmune al cansancio
y la falta de sangre, hacia su cabeza, la aplastaría, acabaría con ella y no
volvería a levantarse hasta que el ardor de la volcánica nube abriese un
agujero por el que el gélido aire pasó. Una esfera amarillenta atravesó su
oído, quitándole la mitad de su visión y otra dejó una fuerte abolladura en su
mano que era incapaz de abrir nuevamente.
A sus ojos lo entendía, el cañón de su pistola
rozaba contra su corta hoja, disparando con la zurda. Aquello no debía suceder,
era imposible, la hojas laser reflejaban y calcinaban el plomo sin embargo la
transparencia de esta la hacía débil, así como dejaba una estela tras de ella
podía imbuir los proyectiles, pero no tenía sentido. Volvió nuevamente a su
brazo, con el proyectil incrustado en sus nudillos y lo comprendió.
—Balas huecas…
Su resolución fue interrumpida por un nuevo disparo
brillante, verdaderamente solar hacia su cabeza que tuvo que bloquear con su
antebrazo al coste de sus lentes oscuros que cayeron a sus pies.
Antes de responder sintió como su vientre era
atravesado. ¿Por qué no la pateaba? Porque sus piernas no respondían, había
dejado de sentirla así como progresivamente la nada invadía el resto de su
cuerpo.
—Sigues sin estar muerto… —habló, se inclinó a su
lado, evitando el charco de sangre que salía de su lado derecho y de napalm
liquido que a su lado izquierdo se extendía, intentando alcanzar a la rubia que
había evitado quemaduras y disparos
—Dime su nombre… No quiero irme sin saberlo… —su
voz, nuevamente serena, no poseía el gruñido que intimidaba incluso a sus
mayores amores
—… Sarina… Eso es lo único que uso. —le dio el gusto
de cumplir su deseo
—No… —volteó su rostro hacia un lado liberando
mililitros de si esencia vital —¿Puedo darle… nombre a tu arma? Creo que…
Ya no podía escucharla pero los pasos se habían
alejado de su cuerpo moribundo. Las manos de su asesina, sin tan siquiera
escuchar su último suspiro, abrieron la puerta de la cocina. Él en el fondo lo
intuía, no le gustaba dejar cabos sueltos, sin embargo continuó.
—Rechazas todo en lo que creo… Pero también rechazas
todo de los demás… ¿No es frustrante?... ¿Te decepciona?
La puerta corrediza se abrió con un plato hondo
poblado de los guijarros de los escombros en mano. Reposó a su lado y notó el
olor del incienso, no era una mala manera de abandonar ese mundo. En
agradecimiento prosiguió.
—Las hojas reflejan las emociones… de sus
portadores… y se… que criaste un clavel… La Clavelina
La muchacha formó una mueca de cierto desagrado,
insatisfacción. La adrenalina abandonaba su cuerpo, lo notaba, si no terminaba
pronto no lo soportaría pero ni tan solo un quejido dejó salir, tan solo
observó al hombre sin ojos sonreír.
—Gracias —le dijo suavemente
Incluso cuando la bala atravesó su cerebro aquella
dulce sonrisa se mantuvo, en reconocimiento al otro lado de los pequeños
maderos arrastró a Megan cuyo nombre ya había olvidado.
3 comentarios
Una historia donde la fantasía juega un gran papel esas balas huecas..
ResponderBorrarUn abrazo y feliz noche.
Esa fantasía desbordada me recuerda, sólo levemente en el señor de los anillos, por el universo de personajes y entorno que construyes
ResponderBorrarUn gusto leerte. Un abrazo y feliz finde
¡Que estremecedor! Me gusta y el final, me ha dejado la piel de gallina, el sólo pensar en la sonrisa lo hace más cruel >.<
ResponderBorrar¡Un abrazo!